martes, 14 de junio de 2011

Ak’abal, el poeta maya del nuevo tiempo

Aprendizajes para el Nuevo Tiempo, la Cuenta Larga de 5200 años que se inicia en diciembre del 2012 (Sexto Sol)

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Si  te encaramás en un viejo ciprés             
y trepás por sus ramas
verás que la tierra
no está lejos del cielo.

De vez en cuando camino al revés
es mi modo de recordar.
si caminara sólo hacia adelante,
te podría contar
cómo es el olvido
(Con los ojos después del mar).

Humberto Ak’abal es la principal voz poética de Centro América, es maya kiché, de la  lengua del Popul Wuj, el libro sagrado.  Vive en los bosques de Totonicapán, en medio de colinas verdegrises de cipreses que las comunidades cuidan desde siglos con reglas estrictas de sustentabilidad. Una región  a los pies de la Cordillera de los Cuchumatanes, en el altiplano de volcanes, lagos y soledades. Es un poeta lárico, como nuestro Jorge Tellier, que escribe sobre su pueblo, Momostenango, donde nació en 1952. Es breve, como los mayas, minimalista, como si Basho, el poeta japonés de los aikus se hubiese formado en la ciudad de Kumarkaj. Poemas de Chanalik, Desnuda como la primera vez, 2004. Allí la lluvia, la violencia, el silencio, la poesía: “Llueven los cantos de los cenzolotes, enamorados de la lluvia y el sol, parado a medio cielo, sin paraguas”.
Ak’abal nos muestra sin preámbulos el tejido de su alma, sus ingredientes mas preciados: el pasado como un tiempo fundamental  (“de vez en cuando camino al revés…”) y la naturaleza como espacio de conexión con lo sagrado. En la cosmovisión Maya la escucha del pasado, es decir, el recuerdo vivo de los ancestros y el asombro amoroso frente a la naturaleza están entretejidos en el mismo acto. Los ancestros son el vínculo con los orígenes de nuestra vida, nosotros eslabones de traspaso con la vida que vendrá.  Todos llegaremos a ser ancestros: “las generaciones actuales naceremos en la otra dimensión y entonces seremos ancestros de la humanidad, abuelas y abuelos de la vida”. El cosmos, el sol, la tierra y la naturaleza posibilitan la vida; “engendran”. La naturaleza y los ancestros nos recuerdan “el concierto cíclico de la creación”: nacimiento, crecimiento, realización e integración al origen.
 “Como el canto de los pájaros, el sonido del viento, el canto de los grillos, así son las palabras de la abuela comadrona que animan al ser cósmico de los retoños para viajar y florecer en esta dimensión. La palabra de la abuela comadrona es la experiencia de la vida milenaria. Su melodiosa voz es acompañada con los sonidos del caracol, que anuncian al Cosmos que ha nacido un nuevo integrante”, nos dice  Riogoberta Menchu con otros sabios en el texto Plenitud Maya. Ak’abal habla de esas tradiciones que les habita.

Hablando solo

si no tenés nada en la cabeza
cerrá la boca
no gastés saliva por gusto
Y la abuela
me dejaba hablando solo

La madre, la abuela, representantes vivas de la cadena eterna de la vida, son  voces de sabiduría y enseñanza. Sus mensajes contienen un conocimiento milenario de la naturaleza, que se ha traspasado de generación a generación; la inquietud de un animal, que percibe un entorno cambiante, una ruptura de su cotidianidad, y que nos envía así señales de lo que ocurrirá. La abuela enseña a callar, desalienta todo falso orgullo acerca de las propias palabras. La cosmovisión Maya invita a la humildad. Para ellos aprender la tradición es observación y escucha desde el silencio. El silencio posibilita la escucha: “especialmente del fuego y de sus mensajes”.
Hemos escuchado las palabras nostálgicas de amigos mayas que recordando a sus antepasados nos dicen: “no escuché a mi abuela que me hablaba de las nubes y lo que nos enseñan, ella podía predecir el tiempo y las cosechas observando el cielo todos los días”. La desconexión con los ancestros y la naturaleza provocan, desde esta mirada, autosuficiencia y sobrevaloración de la inteligencia sobre la sabiduría. En el silencio, la observación y la escucha se manifiestan las generaciones pasadas y la conexión con el universo.
Ak’abal teje los versos que unen el cielo y el inframundo, lo razonable con lo que no tiene sentido. Se entrega a la tarea de escribir, aunque en el pueblo del maíz, de los telares y de los bosques profundos de su tierra, algunos le miren con sospecha:

La poesía

finalmente
me convirtió en un huevón
y ahora
no hago otra cosa
sino escribir

La académica Martha Canfield de la Universidad Foscari de Venecia, una de las traductoras de Ak’abal, ya a una docena de idiomas, dice que juega con las sílabas en el juego llamado glosolalia, el cual según Octavio Paz es un fenómeno antiquísimo de todas las culturas, de Oriente al Mediterráneo, reinventada por Huidobro en Altazor. Los animales hablan: “TUKUR, TUKUR, TUKUR... tecolote, tecolote, tecolote, el pájaro canta su nombre nocturno”.
Los tecolotes son los búhos, como el Tutuquere de los mapuche. Ak’abal vive caminando por los bosques y caminos rurales de Momostenango, donde tiene su casa sencilla en una esquina del borde de la pequeña ciudad maya. Tiene un asiento de piedra y barro adherido a la fachada, como los antiguos de Chile que observaban el ir y venir de las gentes, el sonido de las vacas y caballos en los adoquines, y en la noche el canto de los tecolotes que revolotean las quebradas. Nos recuerda al poeta Elicura Chihuailaf que sabe distinguir el canto de treinta aves y recitar en su lengua aviar a una docena. Ak’abal habla como un búho que observa silente.

La voz de los tecolotes
es eco de otro mundo
La raíz de su canto
está en la oscuridad de la noche.

Ak’abal vive en comunión con los animales. Como Apolinaire que escribió El Bestiario, Ak’abal escribió su Ayuq –o El Animalero– en el año 2000. Le habla a las polillas –carpinteros de toda la vida–, a los murciélagos "que esperan la noche para ver su camino", o "la tórtola canta y con suavidad de musgo acaricia su nido".
Los bosques son su refugio en Guatemala, mientras el mundo acecha con su dolor y su rabia. Los jinetes de la muerte asesinaron al alcalde de La Democracia, a la socióloga que investigaba la corrupción, al activista kakchikel Lisandro Guarcax... Se acerca el fin de una época y comienza un nuevo ciclo. Humberto Ak’abal, que sueña en kiché y español, quiere la restitución de la buena vida que fue destruida. El Maya –gente del maíz– reclama y sueña con el Paraíso que fue y que vendrá, en su propia escatología:

Aquí era el Paraíso

Maíz, trigo y frijol,
no había fruto prohibido,
las culebras eran mudas
Jelik Chumil y Kowilaj Chee
hacían el amor sobre la hierba
y se cubrían con el cielo
Hasta que hablaron las serpientes
prohibieron los frutos
y se repartieron entre sí
el paraíso.


* Trabajan en Guatemala con municipios y textileros mayas, desde el coaching a la danza comunitaria.

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